"La pelota": Cuentos sobre la inclusión

Actualizado: ago 23

Más de 700 niños, niñas y adolescentes participaron en los concursos de cuento que organizaron Olimpiadas Especiales Chile y la Municipalidad de La Florida. El siguiente cuento fue escrito por el estudiante de sexto básico Máximo Barrientos, del Colegio Artístico Sol del Illimani, ganador de la primera categoría:

La Pelota

Por Máximo Barrientos


El chico nuevo solía sentarse aparte de todos y jamás opinaba. Siempre su cabeza parecía estar en cualquier lugar, menos en la sala de clases ni en las charlas de los profesores. En la hora de recreo se balanceaba ligeramente de un lado a otro o jugaba con una pelota de plástico que le prestaba la tía de portería. Un día se me ocurrió invitarlo a jugar una partida de fútbol, pero el chico me ignoró. Pasaron los días y una mañana presté atención a su encuentro con una profesora. Levantó la mirada escuchando atento, asintió y sonrió. Cuando se separaron, entonces corrí detrás de la profesora para preguntarle por qué el chico nuevo era tan tímido.


—No es que sea «tímido» —me dijo—. Andrés tiene espectro autista; por eso sus intereses son muy restringidos y comparte muy poco. Pero si tú y tus compañeros lo invitan siempre, con mucha paciencia y cariño, él aprenderá a relacionarse mejor y al fin aceptará participar en sus juegos.

Fue así cómo descubrí que esa pelota que él siempre hacía rebotar nos ayudaría a comunicarnos. Al día siguiente, fui corriendo a la portería para decirle a la tía que me entregara a mí la pelota porque yo se la pasaría a Andrés. De esta manera me senté a esperar y cuando lo vi aparecer con su balanceo habitual, me levanté y se la ofrecí.


El chico la miró un segundo sin decidirse a recibirla. Entonces la hice rebotar ante él y, por vez primera, lo vi sonreír. Luego se la tendí y él la recibió sin titubeos.


—¿Te gusta el básquetbol? —le pregunté—. A mí sí. Siempre juego con mi hermano.

Me adelanté un paso y Andrés, vacilante, al fin me siguió. Llegamos a la cancha, le pedí la pelota, me la entregó, di botes y, con tan mala suerte, que al enviarla a la cesta ¡zas! caí sentado.


Pero sin duda valió la pena pese al dolor. Porque fue la primera vez que escuché reír a Andrés. Supe entonces que el deporte nos uniría y sería un maravilloso medio de comunicación.

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